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miércoles, 9 de mayo de 2012

6888.- ABRAHAM (AVROM) SUTZKEVER



Abraham (Avrom) Sutzkever (1913-2010)
(Israel). Nacido en 1913 en Smorgón, villorrio lituano plantado en las cercanías de Vilna tras una infancia abierta a las inmensidades de Siberia, participó de uno de los más  inquietos grupos literarios de lengua ídish,  Iung Vilne, quedando atrapado en el  ghetto al caer Vilna en manos nazis; huyó por las cloacas a los bosques y participó de
la lucha partisana; tras la guerra asumió el rol de testigo en el juicio de Nüremberg y
por fin renació con el Estado Judío en Israel, transformándose, precisamente allí, en
uno de los puntales de la creación en lengua ídish.
Falleció en Tel Aviv el 20 de enero de 2010.

Y cada uno de sus encuentros cara a cara con la historia cobró entidad poética
en  su  palabra,  dotada  a  un  tiempo  de  un  vuelo,  de  una  fuerza,  de  un  compromiso  y  de una belleza singulares. Varias veces candidato al Premio Nóbel de Literatura, posiblemente Sútskever no lo haya recibido por pertenecer al mundo poético casi  secreto de esa lengua ídish, no suficientemente traducida a las lenguas centrales.
Recordemos que Bashevis Singer recibió el Nobel a partir de las excelentes versiones
inglesas de sus obras. (por Eliahú Toker. Ed. Pardes, Argentina, 1983).

Al cumplirse dos años de su fallecimiento en Tel Aviv

por Isac Gliksberg, Montevideo

Recientemente se cumplieron dos años de la lamentable partida hacia la eternidad de Abraham (Avrom) Sutzkever, el “mayor poeta del Holocausto judío”, tal cual lo definió el diario neoyorkino “New York Times” en ocasión de su fallecimiento.

Sutzkever no fue solamente el mayor poeta en idioma idish, después de la Segunda Guerra Mundial, sino que fue además un combatiente por la dignidad judía, y por la libertad, como guerrillero en la lucha en los bosques rusos contra el nazismo.

Fue también un intelectual que, durante los años de posguerra y hasta su mismo fallecimiento, bregó por la vivencia y difusión del querido idioma idish.
Permítame el lector que, excepcionalmente, escriba esta crónica en primera persona del singular pues trataré de transmitir, como homenaje personal y de Aurora al gran vate judío, mi experiencia personal en un encuentro que tuve con él en Tel Aviv, en el año 1985, mientras yo participaba, como representante del Uruguay, en el Primer Congreso Luso-Iberoamericano de Periodismo Científico que se realizó, en aquel año, en Jerusalén.

Nos encontramos con Abraham Sutzkever en una soleada mañana invernal de diciembre de 1985. Unos días antes, lo había llamado telefónicamente a su residencia de Ramat Aviv para solicitarle, en idioma idish, una entrevista personal.

Sutzkever fijó la entrevista en los términos siguientes que anoté, y aún hoy conservo, en mi libreta viajera de apuntes: “Con mucho gusto me encontraré con Ud.”, me dijo en idish. “Tal vez pueda Ud. concurrir el día tal a la hora 9.30 al café Gat, de la Avenida Ibn Gbirol 63?”, me preguntó.
El encuentro en Tel Aviv

Me pareció irreal que, el propio Avrom Sutzkever, en persona, hubiera aceptado, así nomás, de primera, una entrevista personal con un periodista, a quien él no conocía siquiera, proveniente del lejano Uruguay y perteneciente a una generación que no es la suya, precisamente, sino veinticinco años más joven que él.

Esa mañana, temprano, me dirigí hacia el café Gat con cierto nerviosismo y una hoja con un extenso, e intenso, cuestionario periodístico en idish, que habría de ser el motivo principal de nuestro encuentro.

Mientras me dirigía hacia el lugar del encuentro para encontrarme con el poeta, yo pensaba que tal vez, habría elegido un café precisamente de la avenida Ibn Gabirol, el famoso filósofo judeo-español Avicebrón, autor de “La fuente de la vida”, pues la vida misma es el leit-motiv de su creación literaria.

A las 9.25 apareció Sutzkever en la puerta del café Gat. Me resultó fácil reconocerlo pues había visto fotos y dibujos de su rostro en algunas ediciones de sus obras en idish.

De todos modos, no dejó de asombrarme, y sorprenderme, su juvenil estado físico, no obstante su edad y la dificultosa vida que tuvo en su niñez, adolescencia y juventud. Alto, delgado, bien plantado, de claros ojos azules, vestido de sport y cubriendo su cabeza con un gorro de tela con visera. No era fácil imaginar que ese hombre, en ese entonces de 72 años de edad, acababa de recibir el más importante premio de Israel adjudicado a un escritor judío: el Premio Israel de Literatura, equivalente a un Premio Nobel en la materia y que, por añadidura, había recibido los mayores honores por su obra literaria de toda una vida, de muy prestigiosas universidades y academias de Europa y de América, inclusive, de Asia.

Desayunamos juntos, me hizo olvidar con su apasionante conversación en un sencillo idish con acento y modismos lituanos, que yo venía preparado para hacerle un reportaje periodístico. Me invitó a acompañarlo, en ómnibus urbano, hasta el “Beit Sokolov” en Tel Aviv, donde funcionaba entonces la redacción de la publicación “Di Goldene SEIT”, la revista-libro cultural y literaria en idish que él, fundó y dirigió durante años.

Luego de una prolongada conversación, me obsequió, generosamente, una veintena de sus obras editadas y que aún conservo en los anaqueles de mi biblioteca familiar y, algunos tomos, dedicados a su vida personal y a su creación literaria.

Con esa sencillez transcurrió aquella mañana de finales de diciembre en Tel Aviv, junto a uno de los más grandes poetas, si no el más grande, en idioma idish de los años de post guerra.

En julio de aquel año había cumplido 85 años de vida fecunda, la mayoría de los cuales, los dedicó con naturalidad, con sencillez y bonhomía, a la creación poética y, tanto en Israel, donde residió en los años de post-guerra, como en el resto del mundo, fue festejado entonces, y recordó especialmente ese acontecimiento festivo.

Escribió poesía en idish durante los años previos a la guerra. Integrante desde su temprana adolescencia el cenáculo literario “Joven Vilna” de Vilna actualmente Vilnius la entonces denominada Atenas de la cultura judía en idioma idish, fue guerrillero antinazi y poeta en el Geto y en los bosques de Vilna y continuó siendo poeta en su residencia definitiva, Israel.

El poeta nace poeta

Más de cincuenta tomos componen su obra poética en idish. Editados en Vilnius, Varsovia, Tel Aviv, Nueva York, Londres, Canadá, Buenos Aires y en muchas otras ciudades. Son innumerables los artículos periodísticos en idish, en inglés y en otros idiomas dedicados al estudio de su obra y la personalidad del gran poeta.

Es sabido por los lectores que el poeta no puede fabricarse, sino que se nace poeta del mismo modo que se nace varón o mujer. Alguien expresó alguna vez que “si quieres entender la poesía de un poeta, debes dirigirte a conocer su país de origen”.

Para conocer la monumental obra poética de Sutzkever, primero hay que leerla y luego, conocer su Vilna de preguerra natal, aunque él nació en un típico villorrio judío, Smorgon, muy cerca de Vilna, el 15 de julio de 1913.

Su infancia transcurrió en Siberia, donde su padre, violinista, falleció con 30 años de edad, cuando nuestro poeta contaba tan sólo 7 años de edad.

Fue precisamente su monumental “Siberia”, su primera gran obra publicada en idish, obviamente, donde utiliza, según la fórmula de Saint Paul Roux “la poesía como síntesis de todas las artes, con color, música, forma y sabor”. Fórmula poética de la cual nunca se separó, aunque él tal vez jamás la haya conocido, pues su musa le brota en forma natural y espontánea, como solamente ocurre con algunos pocos elegidos.

Antes de integrar en Lituania el grupo literario “Joven Vilna”, nuestro poeta perteneció a los scouts “Abejas”, donde conoció, desde niño, a quien sería la compañera de toda su vida, su esposa Freydke, la cual falleció en el año 2003.

Pero además, fue en ese círculo, el más joven de una irreproducible pléyade de grandes narradores y poetas. Tal vez, el más talentoso de todos ellos.
Entre sus monumentos poéticos en idish, se destacan “Ciudad Secreta” y la “Maestra Mire”, escritas mientras aún se reflejaban en sus claras pupilas color cielo, las dramáticas escenas de su trágica pero valiente experiencia en el Geto de Vilna, en sus bosques y en sus refugios junto a otro inolvidable gran escritor, Shmerke Kacherguinski, su compañero de “Joven Vilna” quien, tras la guerra vivió en Buenos Aires donde falleciera trágicamente en un accidente de aviación por finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta.

Leímos más de una vez “La maestra Mire” desde los últimos grados de la escuela judía complementaria a la cual concurrimos en Montevideo por los años cincuenta, y que luego, en años posteriores, releímos y, para quien leyó esa obra magistral, quizás con dificultad pueda encontrar en idioma alguno, fuera del idish, una metáfora pacifista más impresionante que esa.

Y por último, se destaca su período creador, residiendo ya en la tierra de Israel: “Oda a la paloma”, “Acuario verde” en los que, cual un helénico Apolo, describe la música y la belleza poética de la tierra bíblica.

Cada diez años, en ocasión de la fecha de su nacimiento, solía editarse en Israel, o en alguna otra ciudad importante, un tomo con estudios sobre la vida y la obra de Abraham (Avrom) Sutzkever.

En 1963, cuando cumplió cincuenta años de vida, se editó un volumen bajo la dirección del entonces Presidente de Israel Zalman Shazar, con recopilación de artículos sobre la obra y la vida del vate. Allí también estuvo, entre muchas otras personalidades judías, el gran pintor Marc Chagall, su amigo personal de toda la vida.

No existe, en el mundo literario, cultural y periodístico judío que no haya dedicado alguna vez, una o más de una nota a la vida y a la obra de Abraham Sutzkever.

Correspondería que, por su importancia, su valor, su obra universalista, sea traducida del idioma idish el que por su propia voluntad cultivó en su máxima expresión al idioma español, como lo ha sido anteriormente al inglés y al hebreo y, seguramente, a otros idiomas, como por ejemplo, el ruso y el lituano.

En ocasión de cumplirse dos años de su fallecimiento, ocurrido en Tel Aviv el 20 de enero de 2010, sea éste, el modesto homenaje de Aurora y del autor de esta crónica a un poeta judío, en idioma idish, que fue símbolo de tres épocas: Abraham (Avrom) Sutzkever.



De:  Avrom Sútzkever (Israel)
Antologado por Eliahú Toker
1983 - Editorial Pardes






Y será al final de los días

Y será al final de los días;
sucederá entonces: el hijo del hombre
no llevará más hasta su boca hambrienta
ni pan ni carne vacuna, ni higo ni miel;
probará apenas una palabra o dos
y quedará saciado.





Himno a las rocas

Trepo a vuestras alturas, rocas marmóreas,
y aunque fuese ciego, con la noche en los ojos, hermanos
les juro, no detendría mis pasos,
porque traigo en equilibrio, siempre conmigo, libertad y amor,
y ninguno pesa más que el otro al borde de los abismos.
Amo vuestro coraje, que mira hacia las resonantes esferas;
amo vuestro aire frío y fuerte,
que lleva en sí vuestro espíritu.
Amo el miedo,
el miedo de trepar sobre vosotras,
miedo de verme a solas, cara a cara,
con el filo de vuestros precipicios.
Antes aún de haberlas rozado con mis labios,
antes aún de haber aspirado vuestro aliento
había soñado con ustedes. Y mientras alrededor de mí
la maldad y la pequeñez humana levantaban polvo,
ustedes brotaban luminosas ante mí, en las sombras del ojo,
descubriendo algo más elevado en la desolada confusión.
Ahora son ustedes rocosa verdad y orgulloso símbolo,
y yo oigo golpear vuestro corazón bajo pieles marmóreas.
¿Qué persigo aquí? Me avergüenza decirles, gigantes,
que persigo el mismo fin que maduró antaño en ustedes,
aún antes de que se alzaran de entre las bajezas terrenas
y penetraran las nubes con vuestras testas.
No me apuñalen, marmóreos dioses, con vuestras miradas,
no me arrojen a las llamas, luminosos monstruos, por mis ambiciones,
no se burlen de mí por la pétrea plegaria que les dirijo.
Sólo pretendo, como ustedes, desplegar las manos entre las nubes
y lavar mi cabeza terrena con fuego cósmico.





Descalzo

Nos descalzamos
en medio de la ardiente ciudad,
y de veras parecíamos recién nacidos
a merced del desparpajo.
Si con idéntica rapidez fuese posible
descalzar también por un instante
de sus pesadas botas a los pensamientos,
qué fácil sería salvar mil millas
de un salto descalzo
y caer en la propia infancia.







Llanto de piedras

Las piedras de mi vieja ciudad
lloran de noche como niños:
—¿Por qué nos has dejado solas?
¡Oh, avergüénzate por tu desdén!
Una piedra está tan sola como una piedra,
¿por qué nos has dejado solas?
¿Acaso es culpa nuestra
que se haya deshecho tu casa en el polvo?
No tenemos pies ni tenemos alas.
¿Por qué nos has dejado solas?
Una piedra está tan sola como una piedra.
No tenemos pies ni alas.





Milagro

(para Dov Sadán)

Algo así puede darse, a pesar de todo,
digan que es milagro o romanticismo acaso:
un joven silencio golpea en la ventana
y en la habitación la noche es cuadrada.
Si esto es un milagro, también es prodigiosa
la realidad a ambos lados de la ventana.
Lo sé, mi realidad supera a los milagros,
lo sé, mi sueño tiene arraigo:
nítidamente vi en sueños
un verdadero árbol cargado de guindas
al alcance de la mano y lejos…
Está claro que el árbol tiene arraigo.
Y por si fuera poco y no alcanzara
al despertar ahora, de mañana,
devoro con lengua y dientes guindas
entre el rojo-guinda de los parques.
Y para convencerme
de que sueño y realidad viven de acuerdo
en la realidad hamaco
ramas brotadas del sueño.





Improvisación

No acumules avariento tus horas;
que el tiempo no se haga más el payaso.
Tiéndelas por sobre todos los abismos
y atrapa en una red al ocaso.

Que se echen a nadar los mares
y salten precipicio abajo
con tal de burlar a la muerte.
No te arrodilles en su teatro.

Arráncale la máscara
y échale rápidamente tus horas encima.
Los ancianos mueren en plena juventud
y los abuelos son sólo niños disfrazados.






La primera noche en el ghetto

“La primera noche en el ghetto es la primera noche en el sepulcro,
después uno se acostumbra”, así consuela mi vecino
a los verdes cuerpos entumecidos sobre el suelo.

¿Podrán naufragar barcos en tierra?
Yo siento que bajo mis pies naufragan barcos y sólo el velamen
se arrastra por encima, deshilachado y pisoteado
en forma de verdes cuerpos duros tendidos sobre el suelo.

Llega hasta el cuello.
Sobre mi cabeza pende una larga canaleta
atada con hilos estivales a una ruina.
Nadie habita los cuartos. Sólo aullantes ladrillos
arrancados, con trozos de carne, de sus muros.

En otros tiempos una lluvia solía desgranar su música en la canaleta
leve, blanda, bendiciendo. Madres solían colocar baldes debajo
recogiendo la dulce leche de las nubes
para lavar el pelo de sus hijas y que las trenzas brillen.
Ahora las madres ya no están; tampoco las hijas ni la lluvia,
sólo ladrillos en una ruina; sólo ladrillos aullantes
arrancados con trozos de carne de los muros.

Es de noche. Un negro veneno gotea. Yo soy un rescoldo
traicionado por la última chispa y hondamente apagado.
Sólo la ruina es mi hermana. Y el húmedo viento,
que cayó sin aliento sobre mi boca, con suave piedad
acompaña mi alma, que se separa del trapo de la osamenta
como se separa la mariposa del gusano. Y la canaleta
cuelga todavía sobre mi cabeza en el espacio
y fluye por ella el negro veneno, gota a gota.

Y de pronto, cada gota se hace un ojo. Estoy completamente
empapado de ojos luminosos. Una red de luz recogiendo luz.
Y encima de mí, la canaleta atada a la ruina con hilos de araña,
un telescopio. Penetro a nado por su tubo y las miradas
se unen luminosas. Allí están, como ayer,
las familiares estrellas vivientes de mi ciudad.
Y entre ellas, también aquella estrella tras-sabática
a la que labios de madre elevaban una bendición: Feliz semana.

Y comienzo a sentirme mejor.
No existe quien pueda enturbiarlo, destruirlo,
y yo debo vivir, porque vive la buena estrella de mi madre.





Mi madre
(Ghetto de Vilna, octubre de 1942)


VI

Busco las queridas cuatro paredes
entre las que tú respirabas;
bajo mis pies dan vértigo los escalones
como si fuera un pozo hirviente.

Tomo el picaporte y empujo
la puerta hacia tu vida…
Me parece: un pájaro llora
en la jaula de los dedos.

Entro en la habitación
donde se cubre de sombras tu sueño.
Apenas alienta todavía
la luz que encendiste.

Sobre la mesa el vaso de té
que no alcanzaste a beber.
Aún se mueven tus dedos
sobre los bordes plateados.

En la lamparilla agonizante
la lengüita de luz pide piedad.
Y para que no deje de arder
agrego a la lámpara mi sangre…


VII

En lugar tuyo encuentro tu camisón rasgado;
lo tomo y lo aprieto contra mi corazón avergonzado.
Los agujeros del camisón se hacen mis días
y su puntilla se vuelve la sierra que corta mi corazón.

Rasgo mis ropas y como si penetrara en mí mismo
penetro en tu abierto, desnudo camisón.
No es ya más una camisa, es tu piel luminosa,
es tu fría muerte. Lo que quedó de tu muerte.




Mi salvadora
(Ghetto de Vilna, 1943)

Dime qué te une a mí, luminosa abuela,
para esconder a un extraño en tu casa
y traerme, tan familiar y dulcemente, leche,
una piel de oveja para calentar mis pies,
pan tibio, sueño humano, y una sonrisa
como el canto de las arrugas de tu piel.

El viento tejía tiendas de nieve
y yo erraba como el viento entre ellas.
A mis espaldas me perseguía un mundo,
un mundo alzado contra el mundo,
mientras a solas por campos nevados
me calentaba con fulgores lobunos la osamenta.

Otrora hubo madre y hubo cuna;
hoy el hogar se hunde bajo nubes de guerra.
Me conjuré: Que sea lo que Dios quiera.
Intentaré entrar en la séptima choza
en busca de una palabra consoladora.

Golpeo y comienza a rechinar la puerta.

Me recibiste con el halo de una vela
como si mi visita no fuera inesperada.
En un destello instantáneo se descubrió para ti
mi rostro y con él mi voluntad.
No te asustaron mi barba congelada
ni mi puñal al cinto, aguzado para matar.

Me excavaste bajo el umbral una cueva;
trajiste una lámpara de aceite, y cobijas
con blandura de cabellos maternales;
aire e infancia que no tienen hora ni lugar,
y una hoja de papel como un brote de guinda
para que mi canto pudiese brotar.

Y cuando comencé a escupir sangre en el refugio
me cargaste en brazos hasta tu casa,
me acostaste en tu cama, y de noche
llamaste a un médico para que me curara.
Y entre el ardor desmesurado de la fiebre
te vi de rodillas, con un crucifijo, al lado de la cama.

Después tu compasión se me hizo una cadena;
la nieve no cubría las sombras del ghetto.
En sueños me martirizaban pequeñas criaturas:
“Trocaste nuestras lágrimas por pan y descanso”.
Y cierta noche de frío y luna,
camino del ghetto me eché de nuevo al campo.

Pero tú me perdonaste la huida
y me traías pan incluso lejos de tu casa.
Hasta que un día llegaste trayendo
lo que por tanto tiempo había esperado;
el sagrado alimento que cura y sacia:
¡entre la miga de pan, una granada!

Y cuando la granada apuntó al enemigo
resplandeció ante mí tu bondad silenciosa.
Veía cómo me cargabas desde la cueva en brazos
por escaleras y puertas hacia un sol que quema...
¡Y de pronto tu mano se tiende sobre la mía,
y la granada se arranca de nuestras manos y vuela!









Padre e hija


a) Ante la ventana


La pequeña hace una pregunta a su padre, el poeta
que cansado apaga en la hoja de papel su cabeza
ante la ventana donde “una estrella habla con otra”:
—Dime la verdad, ¿Dios escribe poesías?


Y antes aún de que su majestad, el poeta,
logre responder a la ardua pregunta, ya lo hace la criatura:
—Seguramente escribe. Las estrellas son sus poesías.
¿Por qué no escribes tú con la misma blanca tinta?








b) Juguetes


Trata con cariño a tus juguetes, hija,
a tus juguetes más pequeños que tú;
arrópalos con las estrellas del árbol
de noche, cuando el fuego se va a dormir;


y cálzale botas a tu muñeco
cuando se echa a soplar el águila del mar;
y deja que el glotón potrillito de oro
devore la brumosa dulzura de la hierba.


Cubre con un panamá a tu muñeca
y ponle una campanita en la mano,
que los juguetes le lloran a Dios
porque ninguno de ellos tiene madre.


Cuida a tus pequeñas princesas,
que yo recuerdo un doloroso día:
siete calles cubiertas de muñecas
y en la ciudad no quedaba un solo niño.








Lo eterno


Dijiste: “Dichosa renunciaría
a todos los años
que me están destinados
con tal de volver a vivir
contigo aquella noche
en la que fuimos
como música incomprendida”.


Y yo, como si agonizara el corazón
entre mis dientes, guardé silencio
y sólo vi: nosotros dos,
tendidos entre pólvora en un campo minado.





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